Dani, el eterno niño

San Lucas Michoacán

Hace unos días estuve en mi pueblo. Quería sentir el calor, ver a mis padres, estar con mi familia, comer enchiladas y chile con mango.

El domingo, antes de volver, caminando por la calle, escuché mi nombre a lo lejos, «Jesús, Jebús!», la voz venía del fondo de una puerta, una luz suave apenas dibujaba su rostro, me acerqué y ahí estaba «Dani». Lo miré e instantáneamente vinieron a mi mente los recuerdos: el soldado, el futbolista, el político, el guardaespalda, el músico, el pintor, el actor, el danzante, el acólito, el bandolero!! Todos ellos eran «Dani», el eterno niño con el que todos jugamos. Lo abracé. «¿Cómo has estado?»- le pregunté, «bien, cuido y vendo el pan»- me respondió, pero su tono de voz no era el mismo que antes, aún así platicamos durante casi una hora de lo que hacía en el día, la hora a la que se levantaba y la hora a la que se dormía, hablamos a nuestra forma, de lo que había pasado durante todo este tiempo en que no nos vimos. «Mamá se fue…» me dijo. Esa había sido la razón por la que desde hace unos años la chispa de Dani había decaído. Ambos nos quedamos callados por un momento. «Ven, te compro pan» le dije, él salió de la penumbra y me mostró minuciosamente lo que le quedaba del día.

Al despedirnos nos volvimos a abrazar, «¡cuídate mucho eh!» me decía mientras el abrazo se volvía cada vez más eterno. «Déjame tomarte una última foto Dani», le dije. Caminó hacia atrás de la vitrina y sin ver a la cámara posó jugando, como hace muchos años, al detective.

«Dani, el eterno niño». San Lucas Michoacán, 2017.

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